Hay algo que nadie le dice cuando lo nombran líder de un equipo: que a partir de ese momento, su equipo no solo va a trabajar con sus habilidades. Va a trabajar también con sus miedos.
Todos dirigimos con nuestro ADN. El impulsivo dirige con impulsividad. El analítico paraliza decisiones porque necesita un dato más. El inseguro microgestiona porque no puede soltar el control. Y el que necesita aprobación —el que más nos ocupa en este libro— dirige desde la necesidad de que nadie esté molesto con él.
Eso no significa que sea mala persona. Significa que tiene un punto ciego que le está costando caro.
«Si su miedo más profundo es que lo rechacen, ese miedo va a dirigir su equipo antes que usted. Y su equipo lo va a saber mucho antes de que usted lo admita.»
He visto este patrón desde afuera, en eventos y espacios donde confluyen líderes de distintas organizaciones. Hay personas que se comportan de manera completamente diferente según con quién estén hablando. Con los superiores: encantadoras, atentas, impecables. Con el equipo a cargo: otra versión.
Esa diferencia no pasa desapercibida. La ve todo el mundo, menos quien la protagoniza. Eso no es liderazgo. Es actuación. Y los equipos, con el tiempo, dejan de creer en los actores.